HERMANDAD DEL ROCIO DE UMBRETE
Pregon Rociero de Umbrete 2002
Este es el texto integro del Pregon del Rocio del año 2002 que tradicionalmente organiza el Colegio Marcelo Spinola de Umbrete y que en esta ocasion fue pronunciado por N.H.D. Rafael Castro Del Olmo el dia 11 de Mayo de 2002 en el Salon de Actos del Colegio Marcelo Spínola de Umbrete. Intervinieron en el acto tanto el Coro Rociero de la Hermandad de Umbrete y el tamborilero de la Hermandad, Juan "Tenazas".
| PREGÓN ROCIERO DE LA HERMANDAD DE UMBRETE
Rafael Castro Del
Olmo
Mayo 2002 A Concha, mi mujer. A mi hijo "Güito". A mis hermanos del Camino con Umbrete.SALUTACIÓN Dios te salve Rocío de la rocina Dios te salve Pastora de las marismas. Primero a Ti, mi SEÑORA, Mi saludo rociero En esta noche de mayo En que soy tu pregonero. Tu eres la Madre de Dios, Señora y Reina del Cielo, Eres amparo y refugio De todos los umbreteños. Elegiste a este pueblo, Blanca Paloma, Dándole de la marisma Todo su aroma. Protege a estos tus hijos, Señora Y Reina, Y derrama tu rocío Sobre esta tierra. Te pido fuerzas SEÑORA Para ser tu pregonero, Y para que en mis palabras Y con el corazón entero, Yo sea capaz de cantar Como canta un rociero, El camino que hacia Ti Entre lirios y romeros, Dando ejemplo año tras año, Hace este pueblo Umbreteño. Junta de Gobierno de esta Real, Ilustre, Antigua y Fervorosa Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Umbrete, dignísimas autoridades eclesiásticas civiles y de este colegioMarcelo Espínola , con nuestro agradecimiento y nuestro recuerdo a la memoria de D. Salvador que Dios tenga en su gloria.Queridísima mayordoma, queridos hermanos de la Hermandad, rocieros, amigos todos. Permitidme que al empezar mi pregón, lo haga con dos palabras concretas, dos palabras que subrayo y pongo en mayúsculas: AMOR y AGRADECIMIENTO. Son dos palabras que definen mi pregón y que como veréis estarán continuamente presentes en él. AMOR primero y sobre todo a ELLA, sin nuestra fe, sin nuestra condición de rocieros de la Virgen como bien decís vosotros, todo esto no tendría sentido y mi pregón no tendría razón de ser. Por eso antes que a nada ni a nadie, a ELLA, le he pedido su protección y su ayuda. Amor a este pueblo, a tantos y tantos amigos que aquí tengo, a su gente a su hermandad. Amor a los míos, a mi grupo rociero, aprendimos juntos, sufrimos y disfrutamos juntos a vuestro lado. Amor, a los que enfermos me confiaron su salud. Amor a mis hijos, amor a mi madre y a la memoria constante de mi padre, amor a mi familia. Y por último permitidme, aunque ella me pidió una y otra vez que no la mencionara, amor a Concha, mi mujer. Muchos de vosotros, la conocéis, es la mujer que aquí me trajo, la que condujo mi vida rociera, yo de esto poco o nada sabía, ella siempre fue de la Virgen. Miren, su padre, 87 años a las espaldas, una vez escribió un poema, un poema corto pero profundo, que para mí define lo que siempre ha sido su devoción Rociera. En casa está enmarcado y él llora cada vez que lo leemos : "De Umbrete al Rocío Hay un sendero, Que recorren mis hijas El año entero, De día con el Sol De noche con los luceros. Van a ver a la VIRGEN, Lo mejor del mundo entero." Y Así D.Antonio, afortunadamente hoy entre nosotros, plasmó en su verso la auténtica fe rociera de sus hijas. Pero también como decía, AGRADECIMIENTO, bueno, espero que a lo largo de mi pregón sea capaz de expresar como yo quisiera este sentimiento de sincera gratitud hacia todos vosotros, hacia aquellas personas que desde el primer día nos dieron su acogida, su apoyo y su testimonio de rociero auténtico y profundo, aquellos que nos enseñaron en definitiva a querer y respetar sus tradiciones, que ya son las nuestras. Agradecimiento a los que caminaron a nuestro lado el primer año, cuando nada sabíamos, cuando todo era nuevo para nosotros, a Rafalito de Adidas, que nos faltó el primer día porque Aurora su mujer se puso de Parto. Hoy aquella niña convertida ya en una hermosa muchacha, conserva el nombre que aquel día le pusimos: Aurora del Rocío. A Juanito el Hormiga, a Juan Macias, que nos llevó con su tractor y tanto nos ayudó, al en aquel tiempo muñidor, nuestro entrañable amigo Chache, a José A. Ortiz nuestro primer Presidente, a Manuel "El cafetera", Mayordomo aquel año por vez primera, padrino de nuestro bautizo rociero, amigo de tanto tiempo de él y de su familia, tantas cosas desde entonces..., ..... aprendimos tanto..., nos ayudaron tanto, recibimos de ellos tanto cariño que nunca podré olvidarlos. Agradecimiento a los que aún hoy nos ayudan, a los que nos quieren. A este Coro de nuestra hermandad, a su director, al ramillete multicolor y bello de sus mujeres y a la entrega de sus hombres, sé de sus sacrificios, de las horas dedicadas a sus ensayos día a día, de su entusiasmo y su amor a la hermandad. No dudaron un instante en ofrecernos su ayuda y colaboración en este acto; también a nuestro tamborilero Estenaza quien igualmente quiso hoy hacer patente su presencia en este pregón. A todos ellos mi cariño y mi agradecimiento. A los presidentes que siguieron, Rafael de Isidro, amigo entre los amigos, rociero como ninguno he conocido, y a Curro Salado, hombre cabal que supo poner a nuestra hermandad a la altura que le correspondía. Agradecimiento a todos los mayordomos y mayordomas que desde aquel primer año hasta hoy fueron conduciendo y ayudando a la hermandad. A los alcaldes de Carreta, a todos, por su lucha, por su entrega a la hermandad, por su protección y su saber en el camino y en la Aldea. Agradecimiento a todos los amigos y amigas del camino, a Pedro Gamboa por su cante y su amistad, a José el Serio, hombre entrañable de gran corazón y lágrima fácil, al que tanto aprecio, a Carmelo y a Carmela, siempre ellos .... Y por último a Diego Morón, nuestro presidente actual hombre valiente y renovador, por su lucha continua día a día y su entrega a la hermandad junto a todos los componentes de su Junta directiva y también por la confianza que en mí depositaron al "ordenarme" (porque fue una orden, os lo aseguro, no me dieron otra opción), preparar y leeros hoy este pregón. Pero una vez aceptado, lo hice con todas sus consecuencias, entregándome a ello con todo el amor y esfuerzo del que soy capaz, conciente de la enorme responsabilidad que supone ser pregonero de esta hermandad, tan llena de historia rociera, pero a la vez a la que quiero y debo tanto. Luego resultó que no me fue tan difícil, que disfruté enormemente en su elaboración, solo tuve que cerrar mis ojos y caminar por el recuerdo de nuestro camino, de nuestras cosas. Y así en vuestra compañía y con el sabio consejo constante de Concha, este año ha sido para nosotros un largo y gratificante camino hacia ELLA que aquí culmina. Perdonad por tanto mis torpezas, sólo soy uno de vosotros al que encomendasteis esta bendita aventura. En fin, bien sabéis que querría nombraros uno por uno a todos, pero no sería posible, a todos os quiero y os agradezco vuestra amistad. Es por ello que en este humilde pregón que ahora comienzo, tienen que estar presente continuamente, como renglones de las páginas sobre las que lo escribí, estas dos palabras, AMOR y AGRADECIMIENTO, y quisiera que ellas lo envolvieran todo, lo explicaran todo, porque así y solo así encontraré las fuerzas necesarias para seguir adelante y la justificación para expresar ante ustedes los sentimientos que al abrir de par en par mi corazón rociero, brotarán sin duda de una forma sincera y confiada. Sincera, porque si no, no tendría razón de ser. Tiene que ser este pregón la interpretación personal y espontánea de lo que siento, de lo que he vivido junto a ustedes, de lo que sea capaz de transmitiros desde el fondo de mi propio pensamiento, de mi más intimo raciocinio. Pero a la vez, confiada sí, porque debo ser consciente de a quienes va dirigido. Jamás me atrevería yo a contarle a nadie lo que siente un rociero y menos a un rociero de esta hermandad de Umbrete. Creo que eso es de las cosas más íntimas y personales que nadie pueda vivir; aunque el foráneo, el que no ha tenido la inmensa suerte de "Conocerla", crea todo lo contrario, al ver las multitudes, la bulla..., el gentío. Pero ante vosotros sí, vosotros sois... yo mismo. Con vosotros hermanos inicie mi camino y paso a paso junto a ustedes fui aprendiendo. Con vosotros con humildad, pero con un gran tesón y un gran entusiasmo aprendí a quererla, a confiar en ELLA, a reconocerla no solo como Reina y Madre de las Marismas, sino también como Reina y Soberana de nuestras propias vidas. Y aprendí a rezarle, a pedirle, a darle las gracias, a confiarle mis preocupaciones, a hacerla partícipe de mis alegrías, a tenerla siempre en todo lugar y en toda circunstancia, presente entre nosotros. Y aprendí a gritarle cuando el corazón rebosante de tanta fe rociera no tiene ya forma de contenerse, ese grito único y gratificante que escapa directamente del alma y que dice: ¡Viva la Virgen del Rocío!, ¡Viva la Blanca Paloma!, ¡Viva nuestra hermandad de Umbrete! Por eso a vosotros sí, a vosotros dirijo humildemente mi pregón, porque sé que me entenderéis, con vosotros empecé a caminar y juntos seguimos caminando; aunque el camino a veces es duro, aunque en ocasiones nos parezca que no, que no puede ser, que los obstáculos son tan fuertes..., a veces tan importantes... Cuantas veces al calor de una charla o al amparo de vuestras confidencias he oído frases como: "Mira Rafa, este año no voy, se murió el abuelo sabes...", o "De verdad no puedo dejar otra vez el trabajo, no me dan permiso, es imposible qué más quisiera yo", o "Verás, se casa la niña y la cosa no está para más gastos...". Y así cada primavera algunos quedarán atrás, otros quizás se incorporen luego, pero lenta, cansinamente, como sólo son capaces de andar los bueyes que arrastran el Simpecao y a pesar de estas pequeñas pero hermosas historias personales, a pesar del calor o del frío, de la lluvia o del secano, nuestra hermandad seguirá año tras año abriendo con paso firme y seguro, esa divina senda que nos conducirá, como siempre, hasta ELLA. Por ello, permitidme que me abstraiga de nuestra dimensión temporal y haciendo un ejercicio de imaginación y de fe rociera, piense que si un día cuando ELLA nos llame a la presencia de su Divino Hijo, fuera posible presentarnos como un todo, como una hermandad compacta y unida, fuéramos juzgados como rocieros. ¿Cómo hicimos "nuestro Camino"? ¿Cómo ayudamos a nuestro hermano? Al que cansado desfalleció, al que desorientado se perdió, al que con hambre y sed acudió a nuestro carro ¿Cómo cumplimos con la ley rociera? ¿Cómo hicimos el largo y cansino camino de la Vida? Así, con este pensamiento, con este íntimo y soñado deseo, empujado por la fuerza de vuestra presencia y envuelto por calor de vuestra amistad soy capaz de seguir nuestro pregón. Y ahora, con los botos calzaos, la gorrilla en la cabeza, en la mano una vara de junco y en el cuello mi medalla, con ustedes mis hermanos, como siempre, voy a empezar mi camino. Ya atrás quedaron por fin los días de trabajo y desasosiego, montando las carriolas, preparando el costo, planchando los trajes, haciendo las flores, poniendo a punto el tractor, el caballo o el carro. Umbrete fue un hervidero, las gentes van y vienen, compras de última hora, alcancías rotas tras un año de sacrificios y renuncias para llegar a este momento. Un pueblo de gente humilde y trabajadora, se convierte por y para la Virgen del Rocío en algo especial, todos juntos, hacia delante, orgullosos de su historia y de su tradición, concientes de su misión, de la responsabilidad de tener que seguir siendo ejemplo de hermandad rociera, en estos años en los que ser rociero, desgraciadamente se confunde con tantas cosas, que nada tienen que ver con lo que realmente ello significa, de amor y sentimientos a la VIRGEN. LA SALIDA ¡Y por fin llegamos a la Mañana de la salida!, ¡Mañana única, especial y sobrecogedora de la salida! ¡Campanas umbreteñas que vuelan en el aire del Aljarafe, anunciando que todo empieza, que el mundo se detiene, que solo andan los bueyes y detrás un pueblo, un pueblo henchido de gozo y de ilusión por salir a los caminos que conducen hasta ELLA; y empieza la misa de romeros y los primeros cantos, los primeros gritos a la Virgen. ¿Verdad que es cierto, totalmente cierto, que nos tiemblan las carnes, que se agita el alma, que las mujeres están... más guapas, que los hombres nos sentimos... más hombres, más enteros, que te dan escalofríos oir los cascos de los caballos por las todavía empedradas calles del pueblo, que cada cohete es como un impulso íntimo que te eleva más y más al cielo, que nos miramos unos a otros de una forma diferente, que nos parece estar viviendo siempre, año tras año algo nuevo, algo único? El Simpecao sale de la Iglesia y entre sones del tamboril y la flauta es depositado en el Cajón que "tirao" por los bueyes recorrerá sus calles, parará en sus plazas, cruzará Umbrete entero, que poco a poco irá quedando atrás. Acompañados por casi todo el pueblo, por gentes que quizás no tengan luego la suerte de seguir adelante, llegamos a Benacazón donde, como siempre, nos esperan, y en uno de esos rituales que se repiten en el Camino, una lluvia de colores lo invade todo, cuando el Cajón se detiene en la puerta de su Iglesia y se enfrenta al estandarte de su hermandad rociera. Y de nuestras gargantas surge la primera plegaria, la primera salve, de las muchas que a lo largo del camino rezaremos cantando a la SEÑORA. Y por fin el campo, primero una verea larga y polvorienta, pero que nos parece gloria, luego un vergel, caminos de ensueño, donde nuestros pies por primera vez se hunden en la suave alfombra de la arena, y rodeados de pinos, jaras y eucaliptos, la caravana transcurre poco a poco con un orden aprendido a través de los tiempos. Y el Cajón del Simpecao se abre paso lentamente, al ritmo que imponen los bueyes y que va marcando el carretero. CARRETEROS. ¡Carreteros del Rocío!, ¡Cuánto y cuanto se puede decir de vosotros!, ¡Cuánto y cuanto ya se habrá dicho!, cuantos poemas, cuantos cantares, cuanta admiración y respeto despertáis en el alma rociera ¿Qué podría decir yo de ustedes? Sin embargo, en mi pregón, tiene que estar presente, nunca me lo perdonaría si así no fuera, la imagen señera y querida de nuestro primer carretero. Aquel que paso a paso nos enseñó a caminar, aquel que con su tesón y su entrega es hoy origen y ejemplo de nuestros jóvenes carreteros, aquel, recordad su imagen, que empapando su frente con su exiguo pañuelo, espantaba con un puñao de jaras en la mano, las moscas del lomo de sus bueyes, aquél que llevaba su cajón con gesto fuerte y decidido, hasta incluso en los albores de su propia muerte, cuando ya casi sin poder andar, montado en un carro que tiraba un asno blanco, se empeñaba en seguir conduciéndolo por senderos y vereas ya imposibles para él. ¡Aquel! El del ajuste de cuentas ¡Aquel! "El de la chaquetilla gris y sombrero de ala ancha, aquel hombre cabal, aquel gran carretero, aquel que fue nuestro amigo, aquel que se llamó Joselito. Seguro, que en los caminos del Cielo sigue guiando sus bueyes y entre las Marismas eternas, con su pañuelo en la mano, habrá llegado definitivamente a ELLA. Desde allí y a su vera José, cuando nos veas en el Camino, háblale de nosotros, dile de nuestro amor y del esfuerzo que a veces hicimos para seguirte, para continuar al "lao" de tu Cajón sin perder el paso, sin perder el compás, tragando "polvo y arena". Tu lo sabes, tuvimos la suerte de vivirlo a tu lado. Hace años, tras su muerte escribí estos versos que hoy quiero leeros en su recuerdo, en su añoranza: Por los senderos del Cielo va caminando José, y arrastrao por los bueyes el cajón de sus desvelos, como una estrella celeste se desliza tras de él. Ya no crujen ni cimbrean las tablas de su armazón, no hay raíces ni hoyancas por los caminos de Dios. Por fin después de una vida celoso de su misión, de cuidar año tras años la integridad del Cajón, por fin ya puede José entre senderos de nubes, carreteras de algodón, llevar tranquilos sus bueyes, no sufrir por su cajón. Conducirlo poco a poco hasta la MADRE DE DIOS.
EL QUEMA
Pero, hay que seguir adelante. Una rápida pará, a veces sin deshacer siquiera el orden de la caravana, nos permite reponer las fuerzas ya seriamente agotadas por tanto esfuerzo, por tanta emoción acumulada.
Siquiera veinte minutos, son suficientes para continuar con el ánimo encendido y las fuerzas renovadas; y poco apoco vamos saliendo de Pozo Halcón y atravesando la carretera, vestigio de una civilización que ya empezamos a olvidar, entramos en el Cortijo del Quema.
Otro sendero duro, terrizo y polvoriento nos espera por delante antes de llegar a otro de los hitos del camino: ¡El río Quema!
EL BAUSTISMO ¡Como olvidar aquel día! Fue, nuestro primer Rocío en las orillas del Quema asustados, como niños.
Con las rodillas clavadas en la arena del camino, delante del Simpecao ¡El mejor de los padrinos!
Oímos esas palabras casi dichas al oído:
por el Padre y por el Hijo!"
Mientras empapa mi frente aguas benditas del río, con la voz entrecortada por lágrimas y suspiros, de nuestras gargantas secas brota por fin ese grito ¡Viva la Blanca Paloma! Viva por siempre Rocío!
Y en esas aguas del quema ¡Cómo olvidarlo Dios mío! por más años que pasaran ¡Así fue nuestro bautismo!
Lentamente, con todo el cuidado del mundo, la Carreta va bajando por la rampa de arena que la lleva hasta el río y los bueyes que entran en el agua despacio, seguro, respondiendo al milímetro a la voz y al gesto del carretero, van llevando al Cajón del Simpecao hasta el mismo centro de la corriente; y a su lao los romeros, unos descalzos, otros con los botos empapaos, las mujeres con las faldas levantás y todos con la mirada clavada en ese altar peregrino que se levanta triunfante entre las aguas del río.
Y se va haciendo el silencio que solo rompe el relincho de un caballo que en ese momento también quiere hacer patente su presencia; y otra vez, como torrente cristalino de un manantial inagotable, brota espontánea la Salve Rociera.
¡Dios te salve! Dios te salve Paloma Celeste, Reina de Misericordia. Dios te Salve Blanca Paloma de la Paz, Esperanza Umbrete. Protege a sus campos, protege a sus gentes ¡Dios te Salve!
Y poco a poco va tejiéndose entre las aguas del Rió Quema y el techo celeste del camino, esta hermosa oración, ese tapiz inigualable de piropos a la Virgen, ese canto de esperanza, esa plegaria tan especial, que es la expresión total del sentir rociero, blasón del peregrino, himno de gloria y alegría de los que vamos hacia ELLA.
Una difícil salida del río, una remontá larga y penosa hasta alcanzar a la caravana que ha ido pasando por el puente de tablas y un angosto sendero que solo se abre al final, irán acercándonos lentamente al término de nuestra primera etapa: Villamanrique de la Condesa.
VILLAMANRIQUE Ya se divisa la torre, ya se oyen sus campanas, vamos entrando en sus calles, vamos llegando a su plaza. Los cohetes nos anuncian y un ramillete de flores que forman nuestras romeras rodeando a su Cajón, va avanzando entre canciones, palmas, vivas y oraciones. Umbrete entra en Villamanrique y en un acto de amistad y reconocimiento, como siempre como toda la vida, se cumplimenta con la hermandad manriqueña, presentando ante su Simpecao, el nuestro, polvorientos y cansados pero cumpliendo fielmente con la tradición. Y fue aquí en Villamanrique ¡Recuerdos que tengo yo! cuando los cielos tronaron y el día se obscureció y una tromba de agua fría a todos nos sorprendió. Las gentes que contemplaban el paso de la hermandad, asustadas a sus casas se fueron a refugiar. Sólo quedan en sus calles ríos de agua, ¡Nada más! Pero fuertes, desafiantes y sin rendirse jamás aunque el agua las empapa aunque ya no pueden más, tomando fuerte sus varas sin dejar de caminar delante de su Cajón ¡Romera, que guapa vas! La gente aplaude a tu paso protegida en el "sanjuán" sin atreverse a salir sin dejarte de admirar. Y así, Umbrete ese año, el año de la "mojá", pasó por Villamanrique. La carreta, el carretero, por delante sus romeras sin miedo a desafiar ¡Mil ciclones si hace falta! ¿Pero esconderse?... ¡Jamás! Ese año que llovió, dejó en mi mente esa estampa ¡Recuerdos que tengo yo! ¡Recuerdos!, dentro del alma.
Y llegamos a la Pará, destrozados, exhaustos. Son demasiadas horas, demasiadas cosas juntas para un solo día; pero esto que digo es solo un pensamiento furtivo. ¡Nada es demasiado durante esos días!, de donde sea las fuerzas aparecen cuando ya se piensa que definitivamente se han terminado y emprendemos la tarea, dura, del montaje de la Pará. Unos tiran las lonas, otros montan las cuerdas, aquel prepara las mesas, este el agua caliente; todos, como si a lo largo del año no hubiésemos dejado de hacer lo mismo, todos nos movemos al unísono, todos sabemos lo que hacer, todos colaboramos. Y se hace la noche, pero aún nos quedan fuerzas para acudir al rosario, así tiene que ser, y así lo hacemos. Luego una cena frugal y el descanso, descanso escaso en horas pero profundo en calidad. Yo siempre dije que en el Rocío no se duerme, se muere uno un rato, para nacer de nuevo a las pocas horas con las fuerzas y los ánimos renovados de un recién nacido. Así es el sueño del rociero, así de especial, como todo lo que transcurre y discurre en esta única y sin par romería. Son, las notas del tamboril y la flauta del Estenaza, las que de carro en carro, de sueño en sueño, van anunciando que el descanso se termina, y al ir bajando de las carriolas, y sentir en nuestras frentes el suave frescor de la brisa mañanera, nos vamos dando cuenta, al ver el rescoldo aún humeante de las candelas de que solo ha sido una "Pará", una gratificante y merecida "Pará" rociera bajo el techo sin par de la noche manriqueña; y el ánimo, aún dormido se intenta despertar con un buen café cargao, y nos disponemos a emprender de nuevo la marcha. Un cohete, como siempre, advierte que el Cajón sale y la hermandad se pone en movimiento, y todo son prisas y casi sin tiempo se recoge y se guarda todo aquello que sirvió durante la noche y aunque parezca mentira, podremos hacerlo con tiempo suficiente, para incorporarnos a la caravana, para no perder el sitio ni el compás de la marcha. Y otra vez el tintineo de los cascabeles en la carreta, nos irá marcando el ritmo de esa melodía inconfundible del camino, y el crujir de sus ruedas los compases exactos del sendero recorrido, y las voces cantando por sevillanas, y las palmas, y el ruido de los cascos de los caballos, y el suspiro que se escapa de la garganta de una romera aún dormida, y un saludo mañanero, y un ronroneo lejano de los motores que mueven la caravana, y una potra que relincha, y ese buey que bajea, y el cuclillo que nos canta y el silbido de la brisa, y hasta los rayos del sol se van convirtiendo en notas que forman el pentagrama de esa música mágica y celestial de las mañanas del camino. Así, sin darnos apenas cuenta, rodeados de tanta belleza, imbuidos de tanta magia, con los sentidos empapaos por todos estos estímulos enriquecedores, descansao el cuerpo y renovado los ánimos en las horas de descanso de la noche pasada, sintiéndonos ya peregrinos, alejados por fin el aturdimiento y el impacto siempre nuevo del primer día, integrados ya plenamente en nuestro espíritu de caminantes..., vamos llegando a la Raya.
LA RAYA Cerrad los ojos, y contemplad con la mirada del alma, ¡Cómo se abre ante nosotros!, majestuosa, grave, inmensa, esperando impaciente la llegada de la caravana y a esa riada de romeros Umbreteños caminando hacia la aldea. Te abres ante nosotros Inmenso y largo arenal Camino de los caminos Cortafuegos para el mal ¿Quién al pisar tus arenas no siente su alma vibrar? ¿Quién al "lao" de su Cajón no encontró en su caminar el consuelo y la alegría de hacerlo en esta hermandad? ¡Que privilegio tenemos al poder atravesar este sendero del cielo que es La Raya Real!
Y es aquí, en el corazón de nuestro Camino hacia la aldea, cuando acude a al alma del Pregonero, una pequeña pero a la vez hermosa historia personal y decide contarla, porque cree que debe hacerlo, sin temor, sin cortapisas, con la perspectiva que los años dan a las cosas, a los sucesos transcendentes de nuestras propias vidas. Y debo contarlo aquí, en este punto del camino a mis hermanos umbreteños, porque es una historia de amor a la Virgen y de agradecimiento a un Pueblo.
La historia de una madre que vió cómo se perdía la vida de su hijo de tres años y que en su desesperación atribulada lo ofreció por entero a su Virgen del Rocío rogándole llena de fé que se lo devolviera, cuando ya amigo de su Divino Hijo jugaba correteando con El, entre pinos y eucaliptos, por los benditos senderos de la Marismas Eternas.
La Virgen escuchó su súplica y sintiendo su fe y conociendo su dolor, le devolvió a su hijo, pero solo le puso una condición: que por siempre conservara su alma de niño para poder seguir así siendo amigo y compañero de su propio hijo, quien ya lo amaba y añoraba para siempre. Y así fue, y aquel niño creció cuidado por su madre en la devoción a la Virgen y a su hijo. Un día, en uno de nuestros primeros caminos con vosotros, con esta bendita hermandad umbreteña, algún amigo, algún familiar vino a visitarnos a la primera pará del camino a Villamanrique y lo trajo a él, estuvo con todos nosotros pero a la hora de la partida el niño desapareció ¿Dónde estará? ¿Quien le ha visto? De carro en carro, de candela en candela lo buscaron sin encontrarlo, hasta que alguien lo vio agarrado a la vara del cajón con sus ojos clavados en el simpecado, mientras pedía a la Virgen que no se lo llevaran, que quería quedarse y seguir adelante, hacer nuestro camino, llegar hasta Ella y abrazar a su amigo allá en la ermita. Nuestro grupo le abrió los brazos, y así hizo su primer camino. Desde entonces ya nunca faltó a la cita, su presencia fue constante entre nosotros, Umbrete lo acogió en sus brazos y lo hizo rociero y su amor a la Virgen y a este pueblo fue creciendo día a día. Y ahora, permitid hermanos, que sumido el pregonero en estos intensos sentimientos, acuda a mi mente hoy, aquello que sobre él escribí hace ya años, cuando andando por esta Raya Real, perdido entre recuerdos que eran semblanzas auténticas de nuestras cosas, de nuestra pequeña entonces pero ya rica historia rociera, de pronto levanté los ojos y... ¿Qué vi?
Era una ángel del camino, una persona entrañable, un corazón infinito, una nobleza sin par, todo amor, todo cariño pendiente de los demás. Rociero, peregrino ¡Qué alegría de tenerte qué orgullo que seas mi hijo! Gracias por ser como eres. ¡Nunca cambies, nunca, GÜITO!
Hoy ese niño, a quien la Virgen rescató de los brazos de su Hijo para devolverlo a su madre y a través de ella a esta bendita Hermandad Rociera es ya todo un hombre, pero su alma sigue siendo la de un niño, un niño enamorado de Umbrete, de su gente, de su camino. El va al Rocío con vosotros, con cada uno de ustedes, con cada carro, con cada familia, nada necesita, todo lo tiene entre vosotros: vuestro cariño, vuestro respeto, vuestro ejemplo y vuestra fé, le disteis vuestra amistad y vuestra protección..., lo cuidasteis para la Virgen y para su Divino hijo... ¡Gracias por ello Umbrete, gracias hermanos del camino, gracias!
PALACIO Las carretas, parsimoniosas en un largo serpentear albiceleste, siguen por esos caminos de arenas; y a través del verde paisaje, ya se empieza a adivinar a lo lejos las elegantes y esbeltas figuras de las palmera del Palacio del Rey. Vamos entrando en Palacio, los cohetes umbreteños resuenan en las copas de los altos eucaliptales, sobrecogiendo el alma de los que andando alrededor del Simpecao tocan palma por sevillanas, mientras suenan las notas del tamboril y la flauta que anuncian nuestra entrada; y progresando poco a poco, lentamente, llegamos a la nueva Pará. Elegido el sitio, otra vez se organiza la nueva marabunta del montaje: toldos, lonas, cuerdas, chismes, trabajo, sudor y cansancio, pero al final todo esta listo, aquí hay que hacerlo bien, hay que preparar bien la estancia porque es larga, porque dura hasta mañana, porque esperamos a muchos de los que quedaron atrás. Familiares, amigos y compañeros acudirán esta noche a Palacio y hay que atenderlos, hay que compartir con ellos nuestra alegría del camino, nuestros bailes, y nuestros cantes, nuestros rezos, nuestra comida y nuestro vino, porque aquí todo es de todos. Y es que donde haya unos romeros comiendo, cantando o bailando, hablando o durmiendo, allí entre ellos, allí está LA SEÑORA. Por fin se acaba el montaje, y llega la hora del descanso, hay que comer, hay que empezar a asearse; somos muchos y no puede perderse tiempo; y luego..., la siesta; es la siesta en Palacio, pienso, algo tan tradicional, tan de Palacio como la propia Pará, hay que dormirla, es necesaria para poder hacer frente luego a una larga noche de emociones sin par, y a caso no haya tiempo de descanso en toda ella y nos dé la mañana sin haber podido echar ni un leve sueño. Ya va cayendo la tarde, ya van saliendo arreglás las mujeres una a una, ya bajan de las carriolas dándose los últimos retoques, empieza a olerse a colonia, a espuma de mil afeitaos, a olores que casi habíamos olvidao y que aquí, en este oasis y a esta hora, adquieren una nueva dimensión, un nuevo y singular embrujo; y llega la noche y se encienden los candiles en las carretas, y el campo se va salpicando de hogueras, convirtiéndose en un especial firmamento terrestre en el que las estrellas bajando una a una hacen de centinelas en las puertas de nuestros propios carros. Y empieza el rosario. Todos alrededor del Cajón, limpios y relajaos por el descanso y la siesta; el brazo en los hombros de nuestras mujeres, los pies firmes en la arena, la mirada fija en el Simpecao... ¿Puede ser ésta? Os pregunto ¿Una de las vivencias más confortantes del camino?... ¡Rosario en la noche de Palacio! ¡Qué embrujo! ¡Hay que vivirlo! Yo no puedo, me es imposible transmitir con la palabra ¡Tanta belleza! ¡Tanta paz en el espíritu! Creo que es éste el momento cumbre de ese sosiego del alma que veníamos buscando durante todo el año, durante todo el camino. ¡Dios te salve María! Llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tu eres... Una y otra vez se repite la oración solo interrumpida, en cada misterio, por las notas desgarradas de una Sevillana rociera que en el momento justo, sale de la garganta valiente de algún romero escondido en la negrura de la noche, y que cuando resuena en las altas copas de los eucaliptales, llegan a nuestros oídos como un eco angelical que sólo aquí puede escucharse. Y al final, la salve. Entre un mar infinito de colores y humareas, la salve discurre entre bengalas de amores y de vivas a la Virgen. Así es el rosario de Palacio; otra de esas cosas, de esas vivencias nuestras, que luego perdura, que nos ayudan durante el año con su recuerdo, con su íntima evocación. Casi sin sentirlo (aquí el tiempo pierde toda su dimensión física, puesto que se mide por sentimientos que poco a poco van transcurriendo), va pasando la noche de Palacio. Y cuando los rayos del Sol apenas han podido acariciar las copas de los árboles que cubren la Pará, y aún resuena lejana alguna copla de aquel grupo que se resiste a admitir que la noche ya pasó; casi sin haber dormido, salimos ligeros y puntuales camino del Ajolí.
EL ANGELUS Llega el mediodía, donde nos coja "¡Manuel, vete buscando una sombra, un recodo, hay que parar, y avisa al cura, que es la hora del Ángelus!" Y la carreta se para, las conversaciones se apagan, los romeros se congregan alrededor del Cajón, y en el inconfundible azul del cielo marismeño, se van engarzando las palabras amorosas y evocadoras del Arcángel a esa todavía Niña de Nazaret. Y en medio del camino, el caminante, el peregrino no puede pasar por alto ese momento, uno de los momentos más importantes de la Humanidad; porque a raíz de aquí, a raíz de esta anunciación del arcángel a la Virgen, comienza una nueva historia, una nueva era, y todo adquiere sentido, nuestra fe, nuestra vocación a ELLA. Y nosotros lo sabemos y por eso todos los medios días, a las doce en punto, donde estemos, donde nos coja, hay que parar el Cajón, detener la caravana, reunirnos a su alrededor y rezar "El Ángelus". EL AJOLI Por sendas, caminos y vereas, tantas veces soñadas, nos hemos ido acercando al Puente del Rey, que sobre el arroyo del Ajolí, hace frontera de amor entre el camino y el cielo rociero. El sonido de la flauta y el son del tamboril se ahogan en un mar de cantares y de coplas, de vítores y admiraciones y entre la polvareda dorada por el Sol del mediodía, va pasando la bella y armoniosa caravana Umbreteña. Y nos cogemos de las manos y cada uno busca a su pareja, y nos confundimos en llantos, abrazos y saludos, y nos sentimos en estos momentos, frente al contraluz impresionante de nuestro cajón, y entre las voces ya gastadas que entonan una nueva salve, aun más unidos, copartícipes de nuestro secreto, de nuestro esfuerzo, cómplices de nuestra grande y autentica fe rociera ¡Sí! Lo hemos hecho un año mas, ya estamos aquí, ya llegamos. LA ALDEA Ya está a la vista la Aldea; jinetes y carriolas, carros y carretas van avanzando, mientras que rocieros de siempre, que admiran y respetan nuestra hermandad, esperan a las puertas de las casas el paso solemne del Cajón Umbreteño, precedido por un tropel de peregrinos a pie, cansinos y polvorientos, pero gozosos por la llegada y nerviosos por el reencuentro próximo, aunque ya con la añoranza del camino recién hecho que aquí se termina. Y llegamos a la casa de hermandad, difícil pero segura entrada del cajón, guiado por la experta mano, firme y rigurosa del carretero, que entre el silencio de la gente y el repicar de las campanas, va guiando sabiamente a sus yuntas, que de espaldas, poco a poco, lo van dejando, en su lugar, como a un recién nacido en la cuna, por las amorosas manos de su madre. ¡Cuantas promesas, cuantas salves, cuantos llantos y oraciones, súplicas y agradecimientos se harán los días próximos ante este altar inmenso que es el Cajón del Simpecao umbreteño, esperando la visita de la SEÑORA, momento cumbre explicación y sentido de todo este peregrinar. EL CAJON DE MADERA Siempre que llego a la Aldea, al acercarnos a nuestra casa de hermandad, no puedo evitar entre tantos recuerdos, uno que por pertenecer a los primeros años de esa ya larga andadura entre ustedes, quizás me conmueva especialmente. Es el recuerdo de la hermandad en el exterior de la casa, de la acampada en el Acebuchal. Recuerdos de montajes difíciles, de lonas polvorientas, de arena bajo los pies, de siestas bajo el traqueteo insistente de un tambor rociero que no para de tocar; recuerdos de carburos y candiles, de ausencias de motores y gasóleo de candelas chispeantes, recuerdos de bailes por sevillanas, de bengalas y rosarios, pero sobre todo recuerdos de nuestro cajón, de nuestro cajón a la intemperie, sólo protegido por un viejo acebuchal que a duras penas conseguía cada noche defenderlo del rocío de la albina. Pero allí estaba, seguro, triunfante rodeao de su pueblo, cuidao por sus hijos, bendecido por la Virgen cada madrugá del lunes de Pentecosté, cuando ante él se paraba entre una nube de almas, de sudores y de oraciones.
Es el Cajón de madera catedral del simpecao que Umbrete luce orgullosa respetando así el pasao. Y a esos viejos rocieros cuyas almas ya volaron al lado de la SEÑORA a la que tanto anhelaron. Sus recuerdos siguen vivos entre los que aquí quedamos y al lado de su cajón ¡Seguro¡ van caminando. Cuidando de que no sufra, De que nadie le haga daño. Y lo llevan en volandas por los senderos del campo que nos conducen a ELLA y es así, año tras año. Y guían a los carreteros haciendo firmes sus manos conduciendo a la hermandad trecho a trecho, paso a paso. Y al amparo del ejemplo que en sus vidas ellos dejaron de curtidos rocieros en esos tiempos lejanos. Así debe la hermandad conservar como oro en paño esas viejas tradiciones que a su pueblo ellos dejaron. Y que el cajón de madera al que tanto ellos amaron siga siendo catedral donde luzca el simpecao que este pueblo recibió de tiempos que ya han pasao. La Virgen así lo quiere ¡Que nadie quiera cambiarlo que ni el oro ni la plata son pa Umbrete necesarios! LA PRESENTACIÓN Y el sábado, la presentación. La ermita manantial inagotable que calma la sed de todos los que a través de los caminos llegamos hasta la Aldea, sombra que cobija a los que La buscamos, posada en donde encontramos Su protección y Su ayuda. Meta y final de nuestro peregrinar, objetivo de toda esta maravillosa locura rociera, por fin se encuentra ante nosotros. Umbrete hace su presentación ante la Virgen y como siempre dando ejemplo de hermandad, de fidelidad y de fé rociera. Ante Ti Señora estamos y entre repicar de campanas, salves y saludos, juntos, alrededor de nuestro Cajón, en la penumbra de tu ermita adivinamos tu rostro y el de tu Divino Hijo, y tu presencia ilumina nuestras almas, alboroza nuestros corazones y colma todo aquello que veníamos buscando: tu amor, tu presencia y tu protección. Calmados, conscientes del deber cumplido, de la promesa realizada, de nuestra presencia un año más ante ELLA, pidiendo a la VIRGEN, con toda fe y con todas nuestras fuerzas, volver de nuevo el próximo año, reemprendemos el regreso a nuestra casa de hermandad. Hora a hora, minuto a minuto, va transcurriendo nuestra estancia en la aldea. La convivencia en la casa de hermandad es ejemplar y generosa, todo el que acude a ella es agasajado y todo es compartido con total desprendimiento y alegría. ¡Qué ejemplo! ¡Qué testimonio! En estos tiempos de egoísmos, envidias y desprecios hacia los demás, una hermandad unida, conviviendo, donde todo es de todos . En mis recuerdos, tantos que no tendríamos tiempo para simplemente evocarlos, destacan algunos en la casa de hermandad, marcados por la intensidad de su vivencia..., aquel día en que nos trajisteis a un hombre prácticamente muerto: El vidrio de sus ojos, la cianosis de sus labios, su corazón parao, su respiración ausente..., sobre la arena tendido, Antonio Iglesias y yo con la ayuda de la Virgen, conseguimos revivirlo. Aquel hombre al que luego me enteré llamabais "El Barcelona" (nunca supe por qué), hoy cada vez que me ve y ha pasado mucho tiempo, me recuerda el hecho, se lo cuenta al que quiera escucharlo y me lo agradece una y otra vez. Os aseguro que es su agradecimiento sencillo e inocente quizás, uno de los sentimientos más entrañables, de los que he sentido a lo largo toda mi vida como médico. Son tantas cosas, tantas vivencias juntos, tantos momentos rocieros, esperando la llegada de la VIRGEN a las puertas de nuestra casa... Miren, mi mujer sabe las dudas que tuve de manifestar aquí, otro de esos sentimientos íntimos de mi propio corazón, de mi propio sentir rociero, pero me comprometí firmemente a ser sincero, a abrir, como os dije al principio mi corazón rociero ante ustedes, de par en par y os lo cuento: Es, ese especial estado del alma, en el que me suelo encontrar, antes de la salida de la VIRGEN y que aquí os lo transmito.
¿Qué me pasará SEÑORA el lunes de madrugá desde que empieza la noche y Almonte espera saltar la reja que le separa de su MADRE un año más. ¿Qué me pasa a mí SEÑORA? Que la sangre se me hiela, que el corazón se dispara y mi mente se bloquea de una forma tan extraña, que no atino a comprender. ¿Qué está pasando en mi alma? ¿Es temor, miedo, angustia de saber que queda poco? Que acercándose está el alba y en sus hombros doloríos los almonteños, en andas meciéndote en la marea de muchedumbres de almas, poquito a poco, despacio te llevan a nuestra casa?
Ya SEÑORA estás más cerca que Coria ya estalla en palmas que en la Puebla, los Romeros terminan sus Sevillanas. Que la campana ya suena que Carmelo está tocándola y Umbrete ya te abre paso entre oraciones y lágrimas. ¿Y el cura, donde está el cura? Que la Salve hay que rezarla. Y el Simpecao se alza en esa nueva mañana para mostrarte SEÑORA el corazón de este pueblo que tanto y tanto te ama. Y del cielo caen pétalos de rosas rojas y blancas que Juan Antonio te arroja coloreando tu cara. Cuando te veo llegar ¡ROCIO! No se que pasa, que tu presencia me aturde, que no contengo mi alma. Que a veces no fui capaz ni de mirarte a la cara, que sin saber ni porqué a veces me quedé en casa preguntándome angustiao: ¿Qué me pasa a mí ROCÍO el lunes de madrugada? La VIRGEN ya pasó, ya se aleja dejando entre nosotros su estela de amores y bendiciones ¡Hasta el año que viene Madre mía! Protégenos una vez más, ayuda a tu pueblo, protege a sus gentes. Y como siempre volvemos a la casa de hermandad con el alma encendida y el corazón henchido de tanto amor, de tanto sentimiento rociero. CAMINO DE VUELTA Mis recuerdos de la vuelta, son recuerdos efímeros llenos de sosiego y añoranza. Recuerdos de caminos en silencio, de Sevillanas lentas, de voces enronquecidas y ritmos parsimoniosos. Recuerdos de un caminar cansino, de unos sentimientos acumulados y de un sentir sustancialmente diferente a la ida. Regreso a casa, caminos de alejamiento y de proximidades a la vez. ¡Camino de vuelta! Volvemos, estuvimos allí, estuvimos con ELLA un año más. Cuando volvemos SEÑORA ¡Que distinto es el camino! Atrás quedaron los días en que nos distes cobijo. Atrás quedó tu presencia, atrás tu trono y tu Hijo, los días y los momentos de tantos y tantos suspiros. De cantes y de silencios, de propósitos cumplidos, de amores y sentimientos que en esos días vivimos bajo tu divino manto ¡Madre mía del ROCIO! Ayúdanos en la vuelta, guíanos por el camino que quizás con tu recuerdo podamos estar perdidos. Señálanos el sendero por el que caminar contigo este camino de vuelta hasta el próximo Rocío. Transcurre la caravana Umbrete se va alejando, otra vez el Ajolí puente de salves y cantos. El Cajón sigue adelante, ya Matasgordas cruzamos y entre arena, jara y pinos la hermandad sigue avanzando. Ramilletes de romeros y carreteros que andando entre los surcos de arena conducen al Simpecao. Lentas son las sevillanas, lento el caminar cansado, lentos suspiros del alma que recuerdan lo pasado. Entre polvos y sudores a la vista está Palacios, palmeras y abrevaderos, donde parar los caballos, que aquí reponen las fuerzas de sus cuerpos agotados. Pero Umbrete sigue firme y aunque parezca ¡ROCÍO! Que de Ti me voy alejando tu recuerdo y tu presencia en mi alma se han gravado. Y esta hermandad umbreteña ¡SEÑORA! Bajo tu manto siente así la protección de TU amor ya todo el año.
Y la RAYA CHICA, camino estrecho de imposibles adelantos, de sembraos y de riegos, caminos de la tarde, de acercamiento a la pará en la finca del Estenaza. Noche bajo las estrellas, cante y rosario, bengalas y sueños... Y un nuevo despertar, Hato Blanco, Hato Ratón, camino de la cigüeña, pan reciente y desayuno frugal, descanso efímero, Ángelus, senderos largos y duros y otra vez el Quema. Otra vez la Salve y la presencia valiente de los romeros metidos en sus aguas hasta las rodillas, que rezan y cantan, haciendo sus últimas promesas y propósitos, para el resto del año. Esta vez es la subida desafiante de los troncos de mulas de los distintos carros y carretas, las que conducidas por los muleros, hacen ejercicio de potencia, saber y oficio, provocando la admiración y el reconocimiento de todos los que bordeando la rampa de salida, jalean y aplauden el esfuerzo de hombres y bestias, que en una sana competencia se afanan en ser cada año, los mejores. Y otra vez mis recuerdos..., años de calor, las aguas del Río Quema, se tiñen del rojo de la sangre vertida por las heridas, en los pies de algunos romeros y romeras que descalzos, entran como siempre al "lao" de su Cajón. En el fondo, ocultos por el barro y la negritud de las aguas de aquellos años de sequía, unos traicioneros cristales de algunas botellas rotas allí abandonadas, rompían la piel dolorida a estas alturas del camino, de estos hermanos nuestros. Sobre la altura del final de la rampa de la salida del Río, sobre un carro, contemplaba yo, un año más la escena. Al momento este carro rociero, al que una mula estaba enganchada, fue sujeto por Rufino, nuestro mulero, mientras la tranquilizaba hablándole al oído quedamente y bajo la reluciente lámpara del Sol de mediodía, aquel angosto e improvisado carro, se convirtió, por uno de esos milagros del camino, en el más sofisticado quirófano de campaña. Uno por uno me fuisteis trayendo a los heridos. Suero, Gasas, hilos, agujas, suturas y vendajes..., ayudado por Neni, mi enfermera en aquella ocasión, iban pasando los pies desgarrados, de aquellos romeros, que ejemplarmente soportaban el dolor a penas disimulado por la escasa anestesia local que disponíamos. Para el carretero, aquel año Manolo el de Benacazón, no quedó ya anestesia, pero el hombre no quiso abandonar de ninguna manera la hermandad y aguantó firmemente el dolor, sin un grito, sin una queja, mientras suturábamos sus heridas. Creo, firmemente, y sé que Neni lo sabe igual que yo, que realmente la enfermera que me ayudó en aquel improvisado quirófano rociero, fue la Virgen del Rocío que guió nuestras manos de Cirujano y evitó, que en aquel ambiente de barro, polvo y suciedad, no se infectara una sola herida, no tuviéramos ni un solo problema en los pies heridos por las aguas del Río Quema, de aquellos sus romeros y romeras umbreteñas. Seguro que..., Meloja lo recordarás, tu hija era una de ellas. Hoy, cuando afortunadamente los caminos y la Aldea se encuentran magníficamente protegidos, por todo ese personal sanitario perfectamente equipados del Plan Romero, el recuerdo de estas cosas, de aquellas, casi heroicas, actuaciones nuestras de aquellos tiempos, nos produce un sentimiento intenso, de satisfacción y nostalgia, y enriquecen extraordinariamente nuestra experiencia y nuestro bagaje rociero. Siempre fuimos conscientes, los hermanos, médicos y enfermeras que a lo largo de estos años han ido formando nuestro grupo rociero, Antonio, Pepe y Concha, Daniel, Jacinto, Neni, mi hija..., de nuestra responsabilidad para con la hermandad, y nunca oímos una voz de queja o desaprobación del resto del grupo, ante esta misión asumida.
Y "LOPA"
Entre reencuentros con familias y amigos, que quizás no pudieron hacer el camino con nosotros, misa en la finca, agradecimiento un año más a la Dª. Concha por su hospitalidad, procesiones y almuerzo, llega la esperada hora de partir el Bizcocho.
Compromiso temprano para el futuro mayordomo, otro de los múltiples momentos ¡Tan umbreteño! Tan entrañable. Es la ejemplaridad de la entrega del relevo, de la seguridad para la hermandad y para el pueblo un año más.
Esta vez, una mujer bendecida por la Virgen incluso antes de su propio nacimiento (en la ermita está su historia), trabajadora ejemplar, rociera como nadie, querida en su pueblo y admirada por todos, ha tomao la vara de mayordoma; a ella con todo mi cariño, respeto y admiración le hice este soneto: Un Milagro de amor hay en Umbrete una promesa, un anhelo aún incumplido un sueño, un despertar entre suspiros un deseo que a ella compromete.Son años de entrega apasionada al cuidado de su madre envejecida. Renuncias a placeres de la vida hasta el día en que ella fue llamada por la Virgen, a su lao en su morada. Sosiego, paz, misión cumplida su sueño de siempre, desde niña ya lo siente en su alma alborotada. ¡Milagro del Rocío! Que a Umbrete asoma que antes de nacer ya historia tienes del camino posees todo su aroma, y como a pocos la VIRGEN a ti te quiere. Por fin, llegó el momento, por fin ya puedes llevar a tu cajón y a tu hermandad por fin entregas tu alma al pueblo ¡Por fin lo tienes! Por fin tus sueños, Milagro, son realidad. Recuerdo reciente, apenas un año, lo vivisteis conmigo, momentos antes de partir Milagro el bizcocho, recordadlo. Yo he visto cantar a dos hombres, enlazaos sus brazos y sus corazones en el recuerdo doloroso de un amigo común ausente, recientemente sacrificao en el ara asesina del asfalto, junto a otros amigos. Les he visto llorar y cantar a la vez, mientras jóvenes umbreteñas, bailaban por sevillanas sobre el manto de la arena, elevando sus brazos al cielo, y de sus ojos, también brotaban lágrimas, que mezcladas en el polvo levantado por el abanico multicolor de sus faldas rocieras, teñían sus caras de niñas, de tintes indescriptibles. ¿Quién que no sea rociero puede comprender esta alquimia mágica y admirable? Canto, llanto, baile... Todo al unísono, todo espontáneo, todo nacido a la vez del alma y del sentimiento rociero. Y luego el camino definitivo, camino de vereas de, carretera y puentes, que esta vez definitivamente nos acercan a nuestro pueblo, a nuestra casa. Todo se va terminando y como de un sueño, vamos despertando poco a poco y medida que nos acercamos al pueblo todo se va haciendo realidad, las luces de las bengalas, los cánticos de la procesión, la cercanía de la Iglesia nos recuerda, que todo se ha terminado, que empieza ahora y en este momento un nuevo camino, un camino arduo y difícil a lo largo de todo un año, pero que nos conduce y nos acerca cada vez más a nuestra meta, la meta de toda nuestra vida ¡El Rocío del año que viene! Y es que el Rocío, esa vocación tan especial nuestra, es algo que se mete dentro, no es cosa de un rato, ni de unos días, es cosa de y para siempre; porque no es meta definitiva, porque siempre día tras días, año tras años de nuestras vidas es... ¡Camino! Es el boto siempre calzado, siempre dispuesto a clavarlo sobre la arena, con el espíritu desafiante al riesgo y a la dificultad de la marcha; es romper con todo lo que dejamos atrás, es hacer realidad la bella, la magnífica utopía de convertir en vida lo que fue sueño durante todo el año. Es abrir el corazón, es buscar la auténtica y verdadera fé, haciéndola conciencia y esperanza ilusionada; es gritar en libertad a los cielos, desprenderte de la pesada carga cotidiana, levantando los ojos a la VIRGEN y extendiendo nuestras mano suplicantes, encontrar la verdad, la verdad infinita de nuestro propio sentir rociero. EPILOGO Y al final de mi pregón, el pregón de mi existencia, cuando no me quede nada y acuda ya a su presencia, |