| No puedo
asegurar qué fue lo que ocurrió en aquella casa enclavada en la aldea del Rocío pero
seguro que fue muy parecido a esto.
Apenas se habían consumido las
primeras 5 horas del recién estrenado 18 de Agosto de 2002 cuando el más fiel reflejo de
la belleza divina irrumpió en su habitación:
- Rafael, venga que nos vamos.
- ¿Dónde me llevas, Señora?
- No muy lejos, quizás un par
de calles más allá.
- Pero señora, yo quiero venir
cada año a verte, andando, traer mi carreta, vivir mi hermandad. Además creo que este
año les he metido el gusanillo a mis dos sobrinos. Ese gusanillo del camino.
- Pero Rafael, no ves que ya no
puedes caminar. Tienes que hacer la mitad del trayecto en coche, las arenas ya te pueden y
yo no puedo verte así.
|
 |
 |
- Además el sitio
que he preparado para ti es de privilegio. A mi lado, veras la salida del cajón.
Volaremos junto a los pétalos que desde el balcón de tú casa rocían el simpecado cada
miércoles de salida. Luego, si quieres, nos convertiremos en notas musicales y
despertaremos al alba a los peregrinos. Les susuraremos: venga que hay que aprovechar las
horas más frescas de la mañana para caminar, que luego el sol aprieta. Y echaremos una
mano asegurando los frontiles a la tez de los bueyes. Le pediremos a Manolo, a Paco o a
Miguel que nos dejen la "jiá" y guiaremos un ratito la yunta por la raya. Y por
la noche, a eso de las 11, nos acercaremos muy despacio al cajón y comprobaremos cómo el
fervor y la fe de tu pueblo sigue creciendo. Y parte de la culpa es tuya Rafael. A
cuántos de ellos no has enseñado, cuántos de ellos no se han pegado a tu vera;
simplemente a escucharte. A escuchar a un catedrático de la facultad de la vida doctorado
en caminos, vereas y fe. |
| - Pero ese sitio
que te reservo no es un regalo Rafael, te lo mereces. Porque tu cristianismo no acababa
cuando el simpecado volvía a su vitrina. Todo el año volcado con la hermandad. Sabes una
cosa, sé por qué nunca te casaste; porque no era justo que tanto amor hacia el prójimo
lo recibiese una sola persona. Porque tú amabas a tu madre, amabas a tu familia, a tu
hermandad, incluso al que venía de visita a Umbrete. Tú amabas a Dios y a la Virgen
sobre todas las cosas y al prójimo... al prójimo más que a ti mismo.
- Sabes Rafael, he preguntado
por ti a los que te conocían y me han dicho que eras una persona auténtica; fue lo que
me dijo Charo. Que eras excepcional; eso me lo dijo Trini. Tus sobrinos... tus sobrinos
simplemente me dijeron que eras el mejor. Isidro y Cita me comentaron que no querías nada
para ti que todo lo que tenías era para los demás. Que eras claro, simple, sin maldad,
un cristiano ejemplar.
- Por eso Rafael quiero que
vengas conmigo, a las marismas eternas, y a mi lado cuidaremos de los tuyos de la misma
forma que hasta hoy lo hacías en vida. ¿Te parece Rafael?
- Señora, he aquí tu más
humilde sirviente. Hágase en mi según tu palabra. |
 |
Isidro Gonzalez
|